Germán Aguirre y Sabrina Morán
RESISTENCIAS vol. 2, Nov./ 2023- Nov./2024
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El concepto de populismo y el problema de la definición en las ciencias
sociales. Una aproximación desde la historia conceptual
Artículo recibido: 28 de junio de 2024
Artículo aceptado: 18 de julio de 2024
Publicado: 30 de noviembre de 2024
Germán Aguirre
(IIGG-UBA/CONICET)
Sabrina Morán
(IIGG-UBA/CONICET)
Resumen
El concepto de populismo ocupa un lugar protagónico en el debate público y académico
del siglo XXI. Tal centralidad se sostiene sobre la base de una fuerte polemicidad, que
impide todo consenso respecto de su significado y que lo encuentra utilizado como arma
retórica en la lucha por calificar ciertas experiencias políticas del pasado y del presente.
En este escenario, los intentos de delimitar y definir el populismo siguen apareciendo
por doquier, sin que ninguno de ellos tenga éxito en ordenar una discusión fuertemente
normativa. Partiendo de este diagnóstico, este artículo busca plantear que una
aproximación histórico-conceptual a la cuestión populista puede iluminar aspectos no
suficientemente tenidos en cuenta en el debate actual, orientando el estudio de este
concepto político hacia su interpretación y comprensión, antes que a la delimitación de
una definición. El texto presenta un recorrido en dos movimientos desde la historia
conceptual hasta las coordenadas de los debates de las ciencias sociales
latinoamericanas sobre este asunto. Primero, se recuperan las precauciones
metodológicas de Koselleck frente al anacronismo, el modo en que esta perspectiva
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entiende el “concepto”, la relación entre historia social y conceptual, la noción de
concepto histórico fundamental y la de conceptos contrario-asimétricos. Se arguye que
estos elementos pueden orientar un trabajo sobre el concepto de populismo que
trascienda la encerrona positivista de las ciencias sociales. Posteriormente, se traza la
centralidad latinoamericana a la hora de bosquejar el devenir del populismo en un
concepto histórico fundamental, poniéndose luego el foco en la preeminencia de las
definiciones mínimas al interior de las ciencias sociales.
Palabras clave: populismo, historia conceptual; ciencias sociales.
1. El populismo, entre la definición y la interpretación
El populismo expone, quizá como ningún otro concepto contemporáneo, las
tensiones que recorren el vínculo entre las ciencias sociales y la historia. Las polémicas
que rodean la cuestión populista
1
se declinan en disyuntivas específicas entre lo
descriptivo y lo prescriptivo, lo local y lo global, lo actual y lo inactual. Todos los años
se publican decenas, incluso cientos de artículos y libros que procuran, desde distintos
enfoques y aproximaciones, echar luz sobre este elusivo fenómeno. En efecto, al día de
hoy sigue siendo objeto de debate la pregunta sobre qué es el populismo y quiénes son
los populistas, y no son pocos los autores que sugieren desechar el término en virtud de
su carácter inasible, equívoco e impráctico (Roxborough, 1984; Ogien y Laugier, 2017;
Arditi, 2024).
Este artículo no pretende ofrecer una nueva respuesta a tales preguntas, sino
centrarse justamente en esas polémicas como un índice o síntoma de un problema
teórico y metodológico a desarrollar. Puntualmente, nos interesa sugerir la hipótesis de
que los incordios acerca de la cuestión populista reposan en la ausencia de un vínculo
más reflexivo y fluido entre las ciencias sociales y la historia. En este sentido, creemos
que la historia conceptual entendida como un enfoque amplio e interdisciplinario, que
se ha enriquecido desde múltiples disciplinas en los últimos años puede ofrecer
1
Proponemos pensar al populismo más como una cuestión que como un problema (Milner,
2007), es decir, no como algo a lo que se le puede dar una solución técnica que lo clausure
como tal, sino a lo que solamente puede dársele alguna respuesta en forma precaria y pasible de
ser disputada políticamente.
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algunas claves de inteligibilidad sobre ciertos puntos ciegos que rodean al debate sobre
el populismo y aportar a “la comprensión misma como eje transversal de la tradición de
pensamiento al que se adscriben la ciencia y la teoría políticas” (Acosta Olaya, 2023, p.
6).
Para ilustrar nuestro punto de vista planteamos a continuación un recorrido en
dos movimientos desde la historia conceptual hasta las coordenadas de los debates de
las ciencias sociales latinoamericanas en torno a la cuestión populista. En un primer
movimiento recuperamos las herramientas heurísticas que la historia conceptual ofrece
para abordar un concepto político que nos es contemporáneo. Entre ellas, la relación
entre historia social y conceptual, la delimitación de un concepto político fundamental y
la noción de conceptos contrario-asimétricos, son algunos elementos que pueden
orientar un trabajo sobre el concepto de populismo que trascienda la encerrona
positivista de las ciencias sociales. Desde allí nos permitimos esbozar las primeras
coordenadas de una crítica histórico-conceptual a dichas disciplinas. A continuación,
ofrecemos un diagnóstico sobre los límites que las ciencias sociales latinoamericanas
encuentran para abordar la cuestión populista, haciendo foco justamente en su
positivismo y su normativismo, por lo que proponemos una historización de las ciencias
sociales que permita poner en perspectiva el concepto de populismo y contribuir a su
comprensión.
2. “Sólo es definible aquello que no tiene historia”. R. Koselleck y la crítica a
las ciencias sociales
Quienes provenimos de las ciencias sociales somos testigos de un sesgo
epistemológico harto conocido: por mor de su carácter científico, las disciplinas
abocadas al estudio de lo social y lo político se rigen por una dinámica que pendula
entre la construcción de definiciones a partir de la inducción y la recolección de casos
que permitan confirmar definiciones construidas ad hoc. Definir, clasificar y comparar,
esa parece ser la cuestión. Este rasgo eminentemente positivista, lejos de alivianarse con
su profesionalización, se ha profundizado con la autonomización de cada una de las
disciplinas que hacen parte del conjunto de las ciencias sociales. Sin embargo, en lugar
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de resultar en un progreso del conocimiento científico, este modus operandi pone a los
cientistas sociales en una encerrona permanente pues ¿qué pasa cuando la complejidad
de lo que observamos no cabe en una definición? ¿Qué hacer cuando tenemos una
definición en la que no entran todos los casos? ¿Es una definición lo que necesitamos
para comprender los problemas del presente a cuyo estudio nos dedicamos?
En la estela nietzscheana, Koselleck nos da una advertencia clara: sólo es
definible aquello que no tiene historia” (2009, p. 102). Esa afirmación conlleva una
doble consecuencia: primero, sugiere que la definición como aspiración máxima del
proceder científico conduce a la deshistorización de los conceptos que usamos; segundo,
señala que los conceptos políticos portan una pluralidad de significados, provenientes
de sus usos polémicos a lo largo del tiempo. Por ello, la falta de reflexividad histórica
conduce a un abordaje impreciso de los lenguajes políticos y sociales contemporáneos,
al dotar a los conceptos de un halo de neutralidad, universalidad y transparencia que
impide una interpretación adecuada de los mismos (Aguirre y Morán, 2020, p. 61). Al
mismo tiempo, propicia los anacronismos y el recurso descontextualizado a conceptos
cuyo uso tiene mucho para decirnos acerca de las luchas por la puesta en sentido del
mundo común, las cuales siempre tienen lugar en un tiempo-espacio determinado, y de
las cuales el discurso científico no puede, aunque quiera, escapar (Foucault, 1970).
Historizar los conceptos, en cambio, permite “un control semántico de nuestro actual
uso lingüístico” (Koselleck, 2009, p. 99), lo que habilita el reconocimiento de su
singularidad epocal. Así, la historia conceptual koselleckiana brinda una batería de
herramientas heurísticas de gran utilidad para salir de la encerrona positivista de las
ciencias sociales.
De manera ostensible, un primer gran aporte de la historia conceptual de
Koselleck a las ciencias sociales reside en hacernos más conscientes de los
anacronismos y los teleologismos que operan a menudo subrepticiamente en nuestra
reflexión y en nuestras investigaciones. Gracias a ello erigimos ciertas precauciones de
método, a partir de la cuales pasamos a asumir, por ejemplo, que los conceptos no
pueden extrapolarse libremente de una época a otra, ni tampoco evaluarse en función de
metas o criterios surgidos de nuestro presente, que quizá no eran los avizorados por los
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agentes de otro tiempo y/o de otro lugar. Asimismo, al poner de relieve la historicidad
de los conceptos políticos, se deja en evidencia la ya sugerida tendencia de las ciencias
sociales al nominalismo. No es nuestra intención afirmar que las definiciones no sean
necesarias ni útiles en la construcción del conocimiento científico, pero creemos que en
todo caso esa operación debe efectuarse con mayor cuidado y rigurosidad, tomando en
cuenta la compleja profundidad histórica que los conceptos de nuestro léxico político
portan.
Un segundo elemento de la historia conceptual que ofrece un enriquecimiento
heurístico para las ciencias sociales reside en la propia noción de concepto que
Koselleck vehiculiza (Palti, 2011; Pinacchio, 2018). En el lenguaje de la historia
conceptual, los conceptos no aluden a lo que usualmente se piensa cuando nos hablan de
ellos. Pues el concepto no aparece aquí asociado ni a la definición ni a la univocidad,
sino a todo lo contrario: aloja lo plural y lo polémico, la proliferación de sentidos a
distintos niveles de profundidad histórica. El concepto es un concentrado de
experiencias históricas diversas que se abren a la interpretación tanto en el análisis
sincrónico como en el diacrónico. Siendo a la vez habitáculo y vector de la lucha
política, índice y factor de experiencias y expectativas, el concepto otorga una voz a la
política y a la alteridad. Desde el momento en que adoptamos una perspectiva histórico-
conceptual, este deja de ser un artilugio manipulable a voluntad: si somos consecuentes
con las enseñanzas de Koselleck, el concepto porta ya una materialidad que no podemos
desoír.
Ahora bien, el concepto debe poseer también ciertos atributos que permitan
singularizarlo. Es decir, para poder trazar la historia de un concepto es necesario dotarlo
de un mínimo de unidad e identidad. Pues, por ejemplo, ¿cómo comparar las
mutaciones diacrónicas de un concepto si no se presupone que se está hablando en el
fondo del mismo concepto, es decir, sin postular la unidad del mismo? De manera
análoga, ¿cómo singularizar momentos conceptuales sin presuponer que son momentos
de algo, esto es, de un todo mayor del cual son parte? (Capellán de Miguel, 2013). En
definitiva, ¿qué es lo que dota de unidad al concepto, y de qué tipo de unidad estaríamos
hablando? Aunque no lo parezca, decir esto supone reintroducir una serie de dilemas
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teóricos y metodológicos cruciales para la investigación histórico-conceptual. La
pregunta aquí podría ser: ¿cómo se conjugan la identidad y la alteridad a la hora de
reflexionar sobre un concepto y analizarlo históricamente? La historia de un concepto,
¿es tan sólo la suma de sus múltiples usos sociopolíticos en diferentes períodos
históricos? Podríamos decir que en cierta medida sí, porque la reconstrucción histórica
busca dar cuenta de los estratos de sentido operantes a distinto nivel de profundidad.
Con todo, el riesgo allí sería el de terminar por trazar la historia de la palabra antes que
la del concepto. Del otro lado puede aparecer, sin embargo, un riesgo paralelo toda vez
que pretendemos arribar a cierta síntesis o unidad de sentido necesariamente demandada
por la tarea teórico-política. El problema aquí sería el de declinar progresivamente
desde una historia del concepto hacia una historia de la idea, contra la que
efectivamente se erigió la historia conceptual en sus orígenes (Palti, 2005).
No obstante, este riesgo parece verse acotado por la relación explícita (y
controvertida) que Koselleck (1993) establece entre historia social e historia conceptual.
Mientras que la primera pone el acento en los eventos sociohistóricos así como en las
transformaciones de las condiciones sociales, la segunda se centra en la articulación
lingüística de ese entramado de experiencias y acciones sociopolíticas (Koselleck,
2012). Historia conceptual e historia social son hermanadas, pero nunca coinciden, sino
que la relación entre los acontecimientos sociales y su elaboración lingüística es la de un
desencuentro, la de una dislocación (Aguirre y Morán, 2020, p. 68, Pinto, 2015). Aun si
presuponemos el caso empíricamente irrealizable de que ambos ámbitos pudieran
tematizarse como una totalidad limitada, seguiría existiendo una diferencia insuperable
entre cada historia social y la historia de su concepción (2012, p. 12). Desde la
perspectiva koselleckiana, los conceptos no agotan la realidad histórica misma, pero son
los que permiten comprenderla y, a la vez, estructuran los horizontes de sentido y las
experiencias de su multiverso temporal.
En otras palabras: toda historia social es ya historia conceptual y toda historia
conceptual es ya historia social. O dicho de otro modo: no se puede hacer historia social
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sin historia conceptual, ni a la inversa, por eso Koselleck busca anudarlas
2
. Ahora bien,
ese remitirse mutuo produce una desestabilización constante de cualquier intento de
arribar a una explicación total de la historia, sea esta de base materialista o de base
idealista. En realidad, uno podría decir que la reflexión de Koselleck, si es coherente,
debería volver a una historia a secas, sin adjetivos, pero mostrando la complejidad de
esa historia que impide cualquier pretendida totalización. De nuestro lado creemos que
hay una productividad para nada despreciable en la distinción vehiculizada por
Koselleck entre historia social e historia conceptual, a pesar de que el giro reflexivo en
la historia (Dosse, 2012) pareciera dejarla en un lugar anticuado. Ocurre que Koselleck
nunca procuró pensar la investigación histórica desde la unilateralidad de alguna de las
dos historias, sino que buscó marcar el carácter totalizador que tendría quedarse tan sólo
con una de ellas: una pura historia social sería muy imperfecta pues no consideraría la
trama interpretativa que rodea todo evento y toda narración del mismo; y una pura
historia conceptual caería rápidamente en una pretensión total de hacer coincidir la
realidad con aquella interpretación que el lenguaje vehiculiza. Por el contrario, el
sostenimiento de la distinción hace posible una dislocación y una dialéctica de
innegable provecho para el esfuerzo de comprender los asuntos humanos.
2
El grado de apertura e indeterminación de este postulado, mediante el cual Koselleck buscó
arraigar la historia de los conceptos en la materialidad y la temporalidad de lo social, ha
generado numerosas críticas. Por caso, Palti señala que en la medida en que sólo hay historia
allí donde los hechos “se vuelven significativos” (2021, p.23), toda historia sería ya una historia
conceptual, no habría historia social por fuera de esta. Y, sin embargo, afirma Palti, Koselleck
necesita arraigar la temporalidad de los conceptos en ella porque la historia conceptual no tiene
un principio de temporalidad inmanente y necesita buscarlo fuera. Así, la historia social sería
“una contradicción en los términos” (Palti, 2021: 23), sostenida sobre su funcionalidad. Entin
(2023), por su parte, ha puntualizado el carácter no evidente y cuestionable de algunas
dicotomías vehiculizadas por Koselleck en su obra. Ante todo, considera que “la dicotomía
entre historia social e historia conceptual pareciera excluir la naturaleza simbólica de la realidad
al asumir la existencia de una realidad desprovista de significados como una ‘cosa en sí’”
(Entin, 2023, p. 4, traducción propia). La crítica de Entin a Koselleck es doble, y termina por
problematizar las nociones de realidad y de lenguaje que el historiador alemán vehiculizara.
Para Entin, Koselleck sostiene una concepción restringida de lenguaje, entendiéndolo como
“lenguaje articulado”, algo que impide dar cuenta de otras dimensiones que forman parte de “lo
simbólico” (lo místico, lo mítico, lo metafórico: una clave de lectura deudora de Hans
Blumenberg). En íntima conexión con esto, la noción de realidad de Koselleck, usualmente
asociada por este autor a “lo que realmente ocurrió”, al evento o acontecimiento, tiene el cariz
de aquello desprovisto de significado y lenguaje: es lo pre y extralingüístico. Frente a esto,
Entin subraya que la realidad es ya una construcción simbólica, y que por ende realidad y
lenguaje no podrían escindirse tal como postula Koselleck.
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La ausencia de completitud es una premisa tanto de la historia social como de la
conceptual, y es su interacción mutua la que la confirma y la reproduce. En este punto,
el concepto político porta un exceso de sentido respecto de cualquier definición, pero a
su vez habilita nuevos sentidos en la medida en que los agentes políticos se sirven de él
para construir sus propios relatos de legitimación y deslegitimación. Los conceptos
vehiculizan la lucha política, que no es otra cosa que la lucha por la puesta en sentido.
De allí que un concepto político fundamental como el de populismo posea una doble
cara: a) contiene en relación con múltiples estratos de sentido del pasado, susceptibles
de reactualizarse; b) en sus usos contemporáneos pueden emerger nuevas articulaciones
y nuevos sentidos, enriqueciendo su carácter de índice-factor de un momento histórico y
posibilitando la apertura de nuevos horizontes de futuro. De allí que definir el
populismo no logre nunca traer orden y progreso a las ciencias sociales: la enorme
riqueza semántica y la profundidad histórica del concepto parecen exigir otra estrategia
orientada a comprender la multiplicidad de sentidos y de cuestiones al puestas en
juego.
Es menester aclarar que la recuperación que algunos hacemos de la historia
conceptual no procura necesariamente hacer la historia de un concepto (como el de
Estado, república, democracia o populismo). Se trata menos de pretender fundirse con la
historia conceptual que de ponderar una ganancia de reflexividad que ella nos brinda a
la hora de tratar con los conceptos en las ciencias sociales. En esta nea, uno de los
principales señalamientos que retomamos de Koselleck remite al carácter moderno de
los conceptos que usamos y estudiamos. En general, y el caso del populismo no es la
excepción, el desafío de trabajar con conceptos políticos proviene, justamente, del
hecho de que se trata de términos de uso corriente y generalizado, que aparecen casi
como autoevidentes, cuya constitución en objeto de estudio