de resultar en un progreso del conocimiento científico, este modus operandi pone a los
cientistas sociales en una encerrona permanente pues ¿qué pasa cuando la complejidad
de lo que observamos no cabe en una definición? ¿Qué hacer cuando tenemos una
definición en la que no entran todos los casos? ¿Es una definición lo que necesitamos
para comprender los problemas del presente a cuyo estudio nos dedicamos?
En la estela nietzscheana, Koselleck nos da una advertencia clara: “sólo es
definible aquello que no tiene historia” (2009, p. 102). Esa afirmación conlleva una
doble consecuencia: primero, sugiere que la definición como aspiración máxima del
proceder científico conduce a la deshistorización de los conceptos que usamos; segundo,
señala que los conceptos políticos portan una pluralidad de significados, provenientes
de sus usos polémicos a lo largo del tiempo. Por ello, la falta de reflexividad histórica
conduce a un abordaje impreciso de los lenguajes políticos y sociales contemporáneos,
al dotar a los conceptos de un halo de neutralidad, universalidad y transparencia que
impide una interpretación adecuada de los mismos (Aguirre y Morán, 2020, p. 61). Al
mismo tiempo, propicia los anacronismos y el recurso descontextualizado a conceptos
cuyo uso tiene mucho para decirnos acerca de las luchas por la puesta en sentido del
mundo común, las cuales siempre tienen lugar en un tiempo-espacio determinado, y de
las cuales el discurso científico no puede, aunque quiera, escapar (Foucault, 1970).
Historizar los conceptos, en cambio, permite “un control semántico de nuestro actual
uso lingüístico” (Koselleck, 2009, p. 99), lo que habilita el reconocimiento de su
singularidad epocal. Así, la historia conceptual koselleckiana brinda una batería de
herramientas heurísticas de gran utilidad para salir de la encerrona positivista de las
ciencias sociales.
De manera ostensible, un primer gran aporte de la historia conceptual de
Koselleck a las ciencias sociales reside en hacernos más conscientes de los
anacronismos y los teleologismos que operan a menudo subrepticiamente en nuestra
reflexión y en nuestras investigaciones. Gracias a ello erigimos ciertas precauciones de
método, a partir de la cuales pasamos a asumir, por ejemplo, que los conceptos no
pueden extrapolarse libremente de una época a otra, ni tampoco evaluarse en función de
metas o criterios surgidos de nuestro presente, que quizá no eran los avizorados por los